Ya es de noche, las luces ya han caido,
la gente pasa por entre las calles y todo pasa en dinamica eterna.
Pasos cortos, pensamientos agotados, se ve que el dia ha acabado,
todos regresan por su propio camino, lo puedo ver.
El gris del viejo cielo se suma al amarillento declive del sol.
Los faros coloniales de esta plaza marcan las pisadas polvorientas
impresas en esta acera, esta vive en sus rastros.
No me interesan ver sus rostros, una taza de agua caliente me detiene
por un tiempo para fotografiar los pasos que acaban de perder.
Para unos esto es diario, de rutina, para mi no.
Una timida lluvia se aproxima y todos huyen de ella.
De pronto me inunda el aroma de la tierra mojada, sensibiliza mis sentidos,
un libido incontenible, casi etereo.
El aroma permanece, pero se lleva los rastros que con tanto detenimiento
las contemple esta noche.
La gente ha ido a casa pero yo sigo mirando.
Es inutil, las imagenes no volveran.
Pero no encuentro mejor oficio que disfrutar un trago caliente
y observar con religiosidad, casi perpetua, lo que otros no notan.
Estoy convencido que no lo notan,
yo me conformo con una tarde soleada,
una taza caliente y la caida del sol a las seis.




