
«En aquel tiempo se le rompió una pata a la cama negra que me había soportado cuerpo, sueño y manualidades desde los catorce años. Ignoro si mi madre la serruchó para que me decidiera de una vez a independizarme o si la misma cama, harta de soportarme dieciocho años, se la quitó a propósito y se la volvió a calzar cuando me fui. Treinta y tres años de edad podían ser un peso insoportable para una cama de adolescente”.
***
“Trabajábamos alrededor de una mesa redonda porque nos permitía la sensación de estar presidiendo la reunión al unísono y además, por supuesto, porque las mesas redondas son de caballeros. La primera botella de cerveza abría la sesión y no la cerraba hasta que veía por lo menos a media docena de hermanas vacías arracimadas alrededor suyo, para ese momento, a más de uno le pesaban los ojos y le caminaban las palabras con patas de trapo, pero la luz que llameaba sobre sus cabezas tocaba el cielo erecta como una columna. Walter caía primero, era un prodigio del ingenio pero también de la angustia, no había encontrado mejor manera de liberarse de sus insoportables ataduras existenciales que tratar de aflojarlas con alcohol. Ejercía la ofídica profesión del Derecho, especialidad en lo civil y era pelirrojo y rosado como los espárragos escoceses, que como todo el mundo sabe, parecen tomates anoréxicos”.
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“El chino de la casa vecina, un alcohólico enclenque pisoteado por su propia insignificancia, se había pasado de su techo al nuestro, ayudado por media docena de cervezas que lo aclamaban como la p*** del barrio, para descolgarse a nuestro departamento y embanderarse a mi prima, convencido de que a la blanquiñosa se le soltaban facilito las piernas porque es pintora, hermanito y las artistas son putas, carajo, no le corren al agarre, les metes la mano y se te chorrean, hermanito, te piden doble, carajo. No me costó imaginarlo jurándole en la chingana del Tulio a sus colegas del vidrio, que esa tarde se tiraba segurito de todas maneras a la pintorcita rubia, que esa tarde le prendía la hornilla, le ponía a cocinar la salchicha, le aflojaba el sommier”.
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“Pude sentir su mirada atravesando mi puerta como un punzón antes de que la tocara. ¿Así que aquí vives, no? Venía a pedirte que me ayudes a lavar latas. Sin preámbulos, sonriendo con picardía limpia de su ironía habitual. Lo atribuí a mi amplia cobertura periodística de la exposición de “Salchipapas” en “La Galería”. Claro, por supuesto, para qué, dónde, cuántas. Me hubiera gustado agregar ¿no quieres que te lave algo más?, porque esa carita estaba requeteabierta como nunca, pero ya se vería, ya se vería. Nos fuimos a una casona que se abría por dentro a un pequeño patio interior cercado por altas y desconchadas paredes de adobes. Unas macetas de geranios y una escuálida buganvilla beige de la que colgaba un perrito armado con latas de leche pintadas de rosa, enmarcaban la puerta de lo que era el departamento de alguno de los artistas que se estaban volcando a Barranco”.
***
“-Tú siempre me has gustado, Claudia… —mascullé, desviándome por la tangente sentimental, mi más honrada manera de asumir cualquier acercamiento a una mujer. Nunca daba puntada en carne deseada sin hilo emocional que la cosiera, por lo menos, a una de las plumitas de Cupido. Si esa plumita se desprendía en pleno vuelo, mala suerte pues, qué pena por mí o por ella y a otra cosa. Claudia se guardó su respuesta, si yo le gustaba, no estaba dispuesta a demostrarlo, por lo menos al principio.
-¿Vamos a mi cuarto? —le propuse”.
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“Trabajábamos alrededor de una mesa redonda porque nos permitía la sensación de estar presidiendo la reunión al unísono y además, por supuesto, porque las mesas redondas son de caballeros. La primera botella de cerveza abría la sesión y no la cerraba hasta que veía por lo menos a media docena de hermanas vacías arracimadas alrededor suyo, para ese momento, a más de uno le pesaban los ojos y le caminaban las palabras con patas de trapo, pero la luz que llameaba sobre sus cabezas tocaba el cielo erecta como una columna. Walter caía primero, era un prodigio del ingenio pero también de la angustia, no había encontrado mejor manera de liberarse de sus insoportables ataduras existenciales que tratar de aflojarlas con alcohol. Ejercía la ofídica profesión del Derecho, especialidad en lo civil y era pelirrojo y rosado como los espárragos escoceses, que como todo el mundo sabe, parecen tomates anoréxicos”.
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“El chino de la casa vecina, un alcohólico enclenque pisoteado por su propia insignificancia, se había pasado de su techo al nuestro, ayudado por media docena de cervezas que lo aclamaban como la p*** del barrio, para descolgarse a nuestro departamento y embanderarse a mi prima, convencido de que a la blanquiñosa se le soltaban facilito las piernas porque es pintora, hermanito y las artistas son putas, carajo, no le corren al agarre, les metes la mano y se te chorrean, hermanito, te piden doble, carajo. No me costó imaginarlo jurándole en la chingana del Tulio a sus colegas del vidrio, que esa tarde se tiraba segurito de todas maneras a la pintorcita rubia, que esa tarde le prendía la hornilla, le ponía a cocinar la salchicha, le aflojaba el sommier”.
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“Pude sentir su mirada atravesando mi puerta como un punzón antes de que la tocara. ¿Así que aquí vives, no? Venía a pedirte que me ayudes a lavar latas. Sin preámbulos, sonriendo con picardía limpia de su ironía habitual. Lo atribuí a mi amplia cobertura periodística de la exposición de “Salchipapas” en “La Galería”. Claro, por supuesto, para qué, dónde, cuántas. Me hubiera gustado agregar ¿no quieres que te lave algo más?, porque esa carita estaba requeteabierta como nunca, pero ya se vería, ya se vería. Nos fuimos a una casona que se abría por dentro a un pequeño patio interior cercado por altas y desconchadas paredes de adobes. Unas macetas de geranios y una escuálida buganvilla beige de la que colgaba un perrito armado con latas de leche pintadas de rosa, enmarcaban la puerta de lo que era el departamento de alguno de los artistas que se estaban volcando a Barranco”.
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“-Tú siempre me has gustado, Claudia… —mascullé, desviándome por la tangente sentimental, mi más honrada manera de asumir cualquier acercamiento a una mujer. Nunca daba puntada en carne deseada sin hilo emocional que la cosiera, por lo menos, a una de las plumitas de Cupido. Si esa plumita se desprendía en pleno vuelo, mala suerte pues, qué pena por mí o por ella y a otra cosa. Claudia se guardó su respuesta, si yo le gustaba, no estaba dispuesta a demostrarlo, por lo menos al principio.
-¿Vamos a mi cuarto? —le propuse”.



